Una oportunidad de oro para inspirar autonomía en el trabajo

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Marzo de 2020. Corre el reloj. Los infectados por el virus y la desinformación crecen exponencialmente. La vida de millones de personas en todo el mundo, de pronto, en jaque.

Cunden la incertidumbre y el pánico. Cuarentena en ciernes, las empresas se ven obligadas a adaptar rápidamente sus formas de trabajo. Todos hablan de las virtudes y de las dificultades que supone el trabajo remoto.

Se hace cultura al andar

Una herramienta (en este caso el home office) es y será siempre sólo eso: una herramienta. Y como tal, puede ser bien o mal usada. Hasta acá, nada que no sepamos ¿cierto? Sin embargo, hoy más que nunca resulta imprescindible llevar la discusión un peldaño más arriba, es decir, al terreno de las prácticas.

Es precisamente en el nivel de las prácticas donde abrevan una serie de comportamientos, herramientas, modos de hacer, relaciones, códigos, hábitos y acuerdos de trabajo que, con el tiempo, se van consolidando.

En el devenir de lo cotidiano van cristalizándose estas formas, modulando continuamente el ADN del equipo, del área y de la organización de que se trate.

La palabra cultura deriva del latín colere, que significa cuidar la tierra y crecer, o cultivar y nutrir. Adicionalmente, comparte su etimología con otra familia de términos relacionados con el fomento activo del crecimiento.

Entonces, si vamos de lo más concreto del hacer a lo más abstracto del idear, podemos pensar en la cultura prevalente en un equipo u organización como aquel proceso dialéctico que supone la cristalización de una historia compartida.

Lejos de ser una relación mecánica, se trata más bien de un proceso complejo, que es autopoiético, en tanto se produce constantemente a sí mismo, multideterminado ya que no existe una sola variable ni punto de vista para abordarlo, y homeostático, toda vez que su equilibrio es dinámico y adaptable.

Así, los comportamientos que se dan a partir del uso y la adopción sostenidos de herramientas y prácticas, en concordancia con ciertas restricciones, posibilidades y acuerdos implícitos y explícitos, van forjando una manera de hacer las cosas socialmente aceptada dentro de la organización (y viceversa).

La cultura prevalente en un equipo u organización es el resultado del uso sostenido de herramientas y la adopción de prácticas, en concordancia con ciertas restricciones, posibilidades y acuerdos implícitos y explícitos, consolidados en el tiempo.

Hoy sabemos que un equipo con objetivos y un propósito bien definidos es más probable que cuente entre sus miembros con individuos inspirados y enfocados, que viven, recrean y polinizan una cultura de crecimiento.

Para un team que comparte estas características, la experimentación, el aprender del error, el feedback asertivo, la comunicación genuina y la colaboración son parte esencial de su dieta diaria.

Si bien esto no los hace invencibles, los ayuda a reconocer sus propias vulnerabilidades, volviéndolos mas flexibles y capaces que otros grupos a adaptarse a circunstancias adversas transformándolas, incluso, en oportunidades.

Desde la Comunicación trabajamos todo el año -y si no es así deberíamos comenzar ya mismo a hacerlo- para cimentar buenas prácticas en los equipos, revisándolas de forma frecuente.

De ahí los beneficios del modelo iterativo e incremental propuesto por el paradigma ágil. El crecimiento en ciclos cortos, bajo un espíritu guiado por la experimentación, la resiliencia y el aprendizaje compartido, permiten aterrizar la promesa de la mejora continua a la práctica de la Comunicación en las organizaciones.

Luego, si los miembros del equipo adoptan esta cultura como su modo habitual de trabajar y de compartir entre ellos, al momento de enfrentar una contingencia, será solo cuestión de ajustar el cómo, consensuar las herramientas y ecualizar en conjunto el «mood» concreto con que el equipo estime correcto continuar su marcha.

Las mil caras de la cercanía

A partir del confinamiento global obligado por la pandemia del Coronavirus, muchas empresas han llamado a sus colaboradores a trabajar en formato remoto primero, e híbrido después.

Esto supone un desafío extra para los comunicadores, que ahora deben ayudar a líderes y a equipos a reflexionar acerca de lo que entienden, por ejemplo, por conceptos como compromiso, colaboración, eficiencia y comunicación, entre otros.

En tanto, teniendo en cuenta que el mundo del trabajo es y será moldeado cada día más por el paradigma de la mentalidad digital, surge la imperiosa necesidad de repensar y discutir lo que entendemos por cercanía.

Este concepto otrora en boga hoy queda puesto también sobre el tapete al calor de la inevitable transformación laboral que estamos atravesando.

El concepto de cercanía hoy queda puesto en cuestión al calor de la inevitable transformación laboral que estamos atravesando.

Por caso, un compañero de trabajo puede resultar para mí muy cercano, aún cuando trabajemos mayoritariamente en forma remota. Por el contrario, personas con quienes comparto a diario en una oficina pueden resultar lejanas para mí, por más que las vea y las salude todos los días.

Capturar la oportunidad

Al igual que frente a cualquier otra crisis social u organizacional, quienes venían sembrando consciencia en sus equipos con anterioridad al surgimiento de la pandemia, lograron atravesar la tormenta sin mayores sobresaltos, e incluso, sacándole provecho.

¿Cómo lo hicieron? Aunque no es fácil, es simple: invirtiendo tiempo en preparar el suelo para que prendiera entre sus miembros una cultura soportada en comportamientos que refuerzan la confianza, la cercanía, la vulnerabilidad, la seguridad psicológica, la colaboración y el sentido práctico de cara a un propósito común.

Comenzando siempre por el ejemplo que ofrece el líder, estos comportamientos envían señales más poderosas que cualquier discurso, creando una predisposición general hacia la solidaridad, la responsabilidad y el trabajo compartidos.

Por el contrario, quienes hayan dejado estos asuntos en la columna del «por hacer» o, peor aún, los hayan ignorado directamente para abandonarlos en el difuso baldío de lo tácitamente acordado, encontraron más dificultades para sortear con holgura los desafíos laborales planteados a partir de marzo de 2020.

Penosamente, en muchas empresas son los valores opuestos a los descritos más arriba los que aún rigen el sentido común laboral.

Por eso mismo, esta fue y sigue siendo una oportunidad de oro para ver de qué madera está hecha la cultura de nuestros equipos de trabajo.

Lucas López Dávalos

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